Queda poco más que contar. El plan de Miss Marple tuvo éxito. Lawrence Redding no era un hombre inocente, y la insinuación de un testigo sobre el cambio de la cápsula hizo en verdad que cometiera «una tontería». Tal es el poder de una conciencia malvada.
Él se encontraba, por supuesto, en una situación muy peculiar. Su primer impulso, supongo, debió ser huir a la desesperada. Pero tenía que pensar en su cómplice. No podía marcharirse sin avisarle, y no se atrevía a esperar hasta la mañana. Así que fue a Old Hall esa misma noche, y dos de los oficiales más competentes del coronel Melchett lo siguieron. Le tiró guijarros a la ventana de Anne Protheroe, la despertó, y un susurro urgente la hizo bajar a hablar con él. Sin duda se sentían más seguros afuera que adentro —ante la posibilidad de que Lettice se despertara—. Pero, da la casualidad de que los dos agentes de policía pudieron escuchar toda la conversación. No dejó lugar a dudas. La señorita Marple había acertado en todos los aspectos.
El juicio de Lawrence Redding y Anne Protheroe es un asunto de dominio público. No pretendo entrar en detalles. Solo mencionaré que se reconoció el gran mérito del inspector Slack, cuyo celo y cuya inteligencia habían logrado que los criminales fueran llevados ante la justicia.
Naturalmente, no se dijo nada de la participación de la señorita Marple en el asunto. Ella misma se habría horrorizado ante la idea de semejante cosa.
Lettice vino a verme justo antes de que tuviera lugar el juicio. Se deslizó por la ventana de mi estudio, tan fantasmal como siempre. Me dijo entonces que durante todo ese tiempo había estado convencida de la complicidad de su madrastra.