“Sí.”
¿Y qué hay de esa confesión?
“Tengo la confesión y listo.”
—¿Quiere decir que han prendido al asesino?
Tuve entonces la tentación más fuerte de mi vida.
Miré a Hawes. Miré la carta arrugada. Miré el garabato anónimo. Miré la cajita de obleas vacía con el nombre de Querubín impreso. Recordé cierta conversación informal.
Hice un esfuerzo inmenso.
—No—lo sé —dije—. Será mejor que vengas.
Y le di la dirección.
Entonces me senté en la silla frente a Hawes para pensar.
Tenía dos minutos exactos para hacerlo.
En dos minutos, Melchett habría llegado.
Tomé la carta anónima y la leí de nuevo por tercera vez.
Entonces cerré los ojos y pensé. …