Había olvidado por completo que habíamos invitado a cenar a Lawrence Redding esa noche. Cuando Griselda entró de golpe y me regañó, señalando que faltaban dos minutos para la hora de cenar, me quedé bastante desconcertado.
—Espero que todo salga bien —me gritó Griselda desde el pie de la escalera—. He estado dándole vueltas a lo que dijiste en el almuerzo y la verdad es que se me han ocurrido cosas bastante buenas para comer.
Puedo decir, de paso, que nuestra cena confirmó con creces la afirmación de Griselda de que las cosas salían mucho peor cuando ella lo intentaba que cuando no lo hacía.
El menú era ambicioso en su concepción, y Mary parecía haberse tomado un placer perverso en ver de qué mejor manera podía alternar el punto poco hecho con el demasiado hecho.
Unas ostras que Griselda había encargado, y que parecerían estar fuera del alcance de la incompetencia, no pudimos, por desgracia, probarlas, ya que no teníamos nada en la casa para abrirlas, una omisión que solo se descubrió cuando llegó el momento de comerlas.
Casi dudaba que Lawrence Redding hiciera acto de presencia. Muy bien podría haber mandado una disculpa.
Sin embargo, llegó con bastante puntualidad, y los cuatro pasamos a cenar.
Lawrence Redding tiene una personalidad innegablemente atractiva. Supongo que tendrá unos treinta años. Tiene el pelo oscuro, pero sus ojos son de un azul brillante, casi llamativo.