observé con cierta atención, por motivos propios, pero me pareció la misma criatura despistada de siempre. Extremadamente guapa, eso, en justicia, tenía que admitirlo. Seguía sin llevar luto; iba vestida con un tono de verde pálido que realzaba toda la delicadeza de su clara tez.
Después de que tomamos café, Anne dijo en voz baja:
“Quiero tener una pequeña charla con el vicario. Lo llevaré arriba, a mi salita”.
Al fin iba a conocer la razón de nuestra citación. Me levanté y la seguí escaleras arriba. Se detuvo en la puerta de la habitación. Cuando iba a hablar, estiró una mano para detenerme. Se quedó escuchando, mirando hacia el vestíbulo.
“Bien. Van a salir al jardín. No—no vayas ahí. Podemos subir directamente”.
Para mi sorpresa, abrió el camino por el corredor hasta el extremo del ala. Allí, una escalera estrecha, parecida a una escalerilla, ascendía al piso superior, y ella la subió, yo detrás. Nos encontramos en un pasillo polvoriento de tablas. Anne abrió una puerta y me condujo a un desván grande y sombrío que evidentemente se usaba como trastero. Había allí baúles, muebles viejos y rotos, unos cuantos cuadros apilados y los muchísimos y incontables bártulos que acumula un trastero.
Mi sorpresa fue tan evidente que ella sonrió levemente.
“First of all, I must explain. I am sleeping very lightly just now. Last night—or rather this morning about three o’clock, I was convinced that I heard someone moving about the house. I listened for some time, and at last got up and came out to see. Out on the landing I realized that the sounds came, not from down below, but from up above. I came along to the foot of these stairs. Again I thought I heard a sound.