con benevolencia y tolerancia.
—¿Tiene alguna teoría, señor West? —preguntó Griselda.
—Lógicamente —dijo Raymond West, volviendo a agitar el cigarrillo—, solo una persona pudo haber matado a Protheroe.
—¿Sí? —dijo Griselda.
Colgábamos de sus palabras con lisonjera atención.
—El vicario —dijo Raymond, y me señaló con un dedo acusador.
Jade una bocanada de aire.
—Por supuesto —me tranquilizó—, sé que no lo hiciste. La vida nunca es como debería ser. Pero piensa en el drama, en la perfección: ¡el síndico asesinado en el estudio del vicario por el propio vicario! ¡Qué delicia!
—¿Y el móvil? —inquirí.
—¡Oh! Eso es interesante. —Se incorporó; dejó que se le apagara el cigarrillo—. Complejo de inferioridad, creo. Posiblemente demasiadas