jueves—, me acuerdo de que era el día del asesinato porque tenía intención de escribir una queja enérgica a la compañía—y lo del asesinato se me fue de la cabeza—, sí, el jueves pasado. Había estado en una reunión de la Sociedad Farmacéutica. ¿Cuánto cree que se retrasó el de las 6:50? Media hora. ¡Media hora exacta! ¿Qué le parece? Diez minutos no me importan. Pero si el tren no llega hasta las siete y veinte, bueno, uno no puede llegar a casa antes de las siete y media. Lo que yo digo es, ¿para qué lo llaman el de las 6:50?”.
—Exacto —dijiste—, y deseando escapar del monólogo me alejé con la excusa de que tenía algo que decirle a Lawrence Redding, a quien vi acercarse a nosotros por el otro lado del camino.