en la vicaría parecía proporcionarle una agudísima satisfacción.
—¡Qué suerte estar justo en el lugar de los hechos de un caso de asesinato —exclamó—. Siempre he querido verme en medio de uno. ¿Por qué habrá cerrado la policía el estudio con llave? ¿No le servirá alguna de las llaves de las otras puertas?
Me negué a permitir que se intentara nada por el estilo. Dennis cedió de mala gana. Tras arrancarme hasta el último detalle posible, salió al jardín a buscar huellas, comentando alegremente que por suerte se trataba tan solo del viejo Protheroe, a quien todo el mundo aborrecía.
Su alegre insensibilidad me molestó bastante, pero pensé que quizás estaba siendo demasiado duro con el muchacho.
A la edad de Dennis, una historia de detectives es una de las mejores cosas de la vida, y encontrar una historia de detectives real, con cadáver incluido, esperando en el propio umbral de casa, por decirlo así, tiene que llevar a un chico de mentalidad sana al séptimo cielo del disfrute.
La muerte significa muy poco para un chico de dieciséis años.
Griselda volvió al cabo de una hora más o menos. Había visto a Anne Protheroe, tras haber llegado justo después de que el inspector le hubiera dado la noticia.
Al enterarse de que la señora Protheroe había visto por última vez a su marido en el pueblo alrededor de las seis menos cuarto, y de que no tenía ningún tipo de luz que arrojar sobre el asunto, se había marchado, explicando que regresaría al día siguiente para mantener una entrevista más amplia.
—Era bastante decente a su manera —dijo Griselda de mala gana.
—¿Cómo se lo tomó la señora Protheroe? —le pregunté.