Hartnell, y cerró la boca de golpe—. No quiero tener que decir estas cosas. A nadie le disgusta más. Pero el deber es el deber.
Esperé.
—Tengo entendido —continuó la señorita Hartnell, enrojeciendo bastante— que la señora Lestrange va por ahí diciendo que estuvo en casa todo el tiempo; que no abrió la puerta porque... bueno, porque no le dio la gana. ¡Qué humos y qué aires! ¡Yo solo fui por cumplir con mi deber, y que me traten así!
—Ha estado enferma —dije con suavidad.
“¿Enferma? ¡Pamplinas. Es usted demasiado ingenuo, señor Clement. A esa mujer no le pasa nada. ¡Demasiado enferma para asistir a la investigación judicial, faltaría más! ¡Certificado médico del doctor