rotundamente—rotundamente—» No puedo acordarme de todo—parecía como si estuvieran a brazo partido, ella queriendo que él hiciera algo y él negándose. * «Es una vergüenza que hayas bajado aquí», eso fue una de las cosas que dijo. * Y «No la verás—te lo prohíbo—» y eso hizo que se me pararan las antenas. Parecía como si la señora quisiera cantarle las cuarenta a la señora Protheroe, y él tuviera miedo de eso. Y pensé para mis adentros: «Vaya, vaya, quién lo diría del amo. Él, que es tan estricto. Y tampoco es que sea ningún adonis, bien mirado. ¡Quién lo diría!», dije. Y «Los hombres son todos iguales», le dije a mi amigo más tarde. No es que estuviera de acuerdo. Discutió, vaya que sí. Pero sí admitió que le sorprendía lo del coronel Protheroe—siendo él diácono, pasando el cepillo y leyendo las lecturas los domingos. «Pero bueno», le dije, «esos suelen ser los peores». Porque eso se lo he oído decir a mi madre un
Gladdie se detuvo sin aliento, y Lawrence intentó con tacto volver al punto donde había empezado la conversación.
—¿Escuchaste algo más?
—Bueno, es difícil recordarlo exactamente, señor. Era todo muy parecido. Dijo una o dos veces: «No me lo creo». Así de simple. «Diga lo que diga Haydock, no me lo creo».
—¿Eso dijo? ¿«Lo que diga Haydock»?
—Sí. Y dijo que todo era una conspiración.
“¿No oyó hablar a la señora en absoluto?”