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nydus/The Murder at the VicaragePublic
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XXVI

—Me alegro por ti —dijo Griselda serenamente—. Te pone en tu lugar. De todos modos, no creo que el señor Raymond West sea tan rematadamente listo como pretende aparentar.

—Muy pocos de nosotros lo somos —dije.

Me preguntaba muy mucho qué era exactamente de lo que la señorita Marple deseaba hablar. De todas las damas de mi feligresía, la consideraba con diferencia la más astuta. No solo ve y oye prácticamente todo lo que ocurre, sino que saca deducciones asombrosamente claras y oportunas de los hechos que llegan a su conocimiento.

Si alguna vez emprendiera una carrera basada en el engaño, sería de la señorita Marple de quien tendría miedo.

Lo que Griselda llamó la Fiestita Divertida del Sobrino comenzó poco después de las nueve, y mientras esperaba a que llegara la señorita Marple me entretuve trazando una especie de cronograma con los hechos relacionados con el crimen. Los ordené en la medida de lo posible en orden cronológico. No soy una persona puntual, pero sí pulcra, y me gusta apuntar las cosas de manera metódica.

A las nueve y media en punto, se oyó un pequeño golpecito en la ventana, me levanté y dejé entrar a la señorita Marple.

Llevaba un chal de Shetland muy fino arrojado sobre la cabeza y los hombros y parecía bastante vieja y frágil.

Entró llena de pequeños comentarios revoloteantes.

“Qué amable de su parte dejarme venir⁠—y qué amable de la querida Griselda⁠—Raymond la admira muchísimo⁠—la Greuze perfecta, siempre la llama⁠—... ¿Me siento aquí? ¿No le estoy quitando su sitio? ¡Oh! gracias⁠—... No, no quiero banquito”.

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