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nydus/The Murder at the VicaragePublic
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XVIII

“Yo estaba allí, vaya que sí. Qué cosas que no me vieras. ¿No me viste? Me duele un poco lo de eso. Sí, la verdad. Un caballero, aunque sea un clérigo, debería tener ojos en la cara”.

—¿Estuvo usted presente también? —le pregunté al doctor Stone, en un esfuerzo por escapar de aquella broma juguetona. Las jóvenes como la señorita Cram siempre me hacen sentir incómodo.

“No, me temo que siento muy poco interés por esas cosas. Soy un hombre muy absorto en su propio pasatiempo”.

—Debe ser un pasatiempo muy interesante —dije.

—¿Sabe algo de eso, tal vez?

Me vi obligado a confesar que no sabía casi nada.

El Dr. Stone no era el tipo de hombre a quien una confesión de ignorancia amedrente. El resultado fue exactamente el mismo que si le hubiera dicho que la excavación de túmulos era mi única distracción. Se desbordó en un torrente de palabras. Túmulos alargados, túmulos redondos, edad de piedra, edad de bronce, paleolítico, neolítico, kistvaens y crómlechs, todo brotó en una riada. Poco tuve que hacer aparte de asentir con la cabeza y poner cara de inteligente —y esto último quizá sea pecar de optimista—. El Dr. Stone seguía hablando a voces. Era un hombre pequeño. Su cabeza era redonda y calva, su cara redonda y sonrosada, y te sonreía radiante a través de unas gafas muy gruesas. Nunca he conocido a un hombre tan entusiasta con tan poco estímulo. Expuso todos los argumentos a favor y en contra de su propia teoría favorita —la cual, dicho sea de paso, ¡no logré comprender en absoluto!—

Explicó con todo detalle su diferencia de opinión con el coronel Protheroe.

“Un patán dogmático”, dijo con vehemencia.

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