En su lugar, extendió una mano, recogió la carta arrugada y ladró:
—Muy bien. Pero ¿cómo te explicas lo de ese tipo, Hawes? ¡Pues si llamó por teléfono y todo para confesar!
“Sí, eso fue lo que resultó providencial. El sermón del vicario, sin duda. Sabe, querido señor Clement, usted de verdad predicó un sermón de lo más notable. Debió de haber afectado profundamente al señor Hawes. No pudo soportarlo más y sintió que tenía que confesar... lo de la malversación de los fondos de la iglesia”.
¿Qué?
“Sí—y eso, Dios mediante, es lo que le ha salvado la vida. (Pues espero y confío en que se salve. El doctor Haydock es tan inteligente). Tal como yo lo veo, el señor Redding se quedó con esta carta (algo arriesgado, pero supongo que la escondió en algún lugar seguro) y esperó hasta averiguar con certeza a quién se refería. Pronto se aseguró de que se trataba del señor Hawes. Tengo entendido que volvió aquí anoche con el señor Hawes y pasó un buen rato con él. Sospecho que entonces sustituyó una cápsula suya por una del señor Hawes, y deslizó esta carta en el bolsillo de la bata del señor Hawes. El pobre joven se habría tragado la cápsula fatal con toda inocencia; tras su muerte, se habrían revisado sus pertenencias, se habría encontrado la carta y todo el mundo habría sacado la conclusión de que había disparado contra el coronel Protheroe y se había quitado la vida por remordimiento. Me figuro que el señor Hawes debió de encontrar esa carta esta noche justo después de tomar la cápsula fatal. En su estado de alteración, debió de parecerle algo sobrenatural y, al sumarse al sermón del vicario, debió de impulsarle a confesarlo todo”.