Griselda y Dennis aún no habían regresado. Me di cuenta de que lo más natural habría sido que yo subiera a la casa con la señorita Marple a buscarlos. Tanto ella como yo habíamos estado tan absortos en nuestra obsesión por el misterio que habíamos olvidado que existía alguien más en el mundo aparte de nosotros mismos.
Estaba de pie en el pasillo, preguntándome si no iría incluso ahora a reunirme con ellos, cuando sonó el timbre.
Me acerqué. Vi que había una carta en el buzón y, presumiendo que esta era la causa del timbre, la saqué.
Al hacerlo, sin embargo, volvió a sonar el timbre, y metí apresuradamente la carta en el bolsillo y abrí la puerta principal.
Era el coronel Melchett.
—Hola, Clement. Vuelvo a casa desde la ciudad en coche. Se me ocurrió pasar a ver si podías invitarme a una copa.
—Encantado —dije—. Pasa al estudio.
Se quitó el abrigo de cuero que llevaba puesto y me siguió al estudio. Fui por el güisqui, la soda y dos vasos. Melchett estaba de pie frente a la chimenea, con las piernas bien separadas, acariciándose el bigote cortado al rape.
—Tengo una primicia para ti, Clement. Lo más asombroso que has oído en tu vida. Pero dejemos eso por un momento. ¿Cómo van las cosas por aquí? ¿Alguna otra anciana pisándonos los talones?