todo. Esta gente común y tosca, de rostros groseros y gestos brutales, se vuelve completamente distinta cuando ella está en el escenario. Se sientan en silencio y la miran. Lloran y ríen tal como ella quiere que lo hagan. Los hace tan sensibles como un violín. Los espiritualiza, y uno siente que son de la misma carne y sangre que uno mismo.
—¡La misma carne y sangre que uno mismo! ¡Oh, espero que no! —exclamó lord Henry, que examinaba a los ocupantes de la galería con sus anteojos de ópera.
—No le hagas ningún caso, Dorian —dijo el pintor—.
Entiendo a qué te refieres y creo en esta muchacha. Cualquiera a quien ames tiene que ser maravilloso, y cualquier muchacha que produzca el efecto que describes debe de ser fina y noble. Espiritualizar nuestra época: eso es algo que vale la pena.
Si esta muchacha puede dar un alma a quienes han vivido sin ella, si puede crear el sentimiento de la belleza en personas cuyas vidas han sido sórdidas y feas, si puede despojarlas de su egoísmo y prestarles lágrimas por dolores que no son los suyos, es digna de toda tu adoración, digna de la adoración del mundo. Este matrimonio es de todo punto acertado. Al principio no lo creía, pero ahora lo reconozco. Los dioses hicieron a Sibyl Vane para ti. Sin ella habrías estado incompleto.
—Gracias, Basil —respondió Dorian Gray, apretándole la mano—. Sabía que me comprenderías. Harry es tan cínico que me aterra. Pero ahí está la orquesta. Es bastante terrible, pero solo dura unos cinco minutos. Luego se alza el telón y verás a la chica a la que voy a consagrar toda mi vida, a la que le he dado todo lo que hay de bueno en mí.
Un cuarto de hora después, en medio de un estrépito extraordinario de aplausos, Sibyl Vane pisó el escenario. Sí, era sin duda encantadora a la