pasiones; y ciertamente Dorian Gray era un sujeto hecho a su medida, y parecía prometer ricos y fructíferos resultados. Su repentino y loco amor por Sibyl Vane era un fenómeno psicológico de no poca importancia. No cabía duda de que la curiosidad tenía mucho que ver en ello, la curiosidad y el deseo de nuevas experiencias; sin embargo, no era una pasión simple, sino más bien muy compleja. Lo que había en él de instinto puramente sensuado de la juventud se había transformado por obra de la imaginación, transformado en algo que al propio muchacho le parecía alejado de los sentidos, y era por esa misma razón mucho más peligroso. Eran las pasiones sobre cuyo origen nos engañábamos las que más fuertemente se enseñoreaban de nosotros. Nuestros motivos más débiles eran aquellos de cuya naturaleza éramos conscientes. A menudo sucedía que, cuando creíamos estar experimentando con los demás, en realidad estábamos experimentando con nosotros mismos.
Mientras lord Henry estaba allí sentado meditando en estas cosas, llamaron a la puerta, y su ayuda de cámara entró y le recordó que era hora de vestirse para la cena.
Se levantó y miró hacia la calle. La puesta de sol había convertido en oro escarlata las ventanas superiores de las enfrente casas. Los cristales brillaban como planchas de metal caliente. El cielo de arriba parecía una rosa marchita.
Pensó en la vida fogosa y colorida de su amigo y se preguntó cómo iba a terminar todo aquello.
Cuando llegó a casa, hacia las doce y media, vio un telegrama sobre la mesa del vestíbulo. Lo abrió y descubrió que era de Dorian Gray. Le anunciaba que se había prometido en matrimonio con Sibyl Vane.