la calle. La apartó de un tirón y entró en una habitación larga y baja que parecía haber sido antaño un salón de baile de ínfima categoría. Mecheros de gas chillones y deslumbrantes, deslucidos y distorsionados en los espejos sucios de moscas que tenían enfrente, se alineaban alrededor de las paredes. Unos reflectores grasientos de hojalata acanalada los respaldaban, formando discos de luz trémula. El suelo estaba cubierto de serrín color ocre, pisoteado aquí y allá hasta convertirse en barro, y manchado con círculos oscuros de licor derramado. Unos malayos estaban acurrucados junto a un pequeño hornillo de carbón, jugando con fichas de hueso y mostrando sus dientes blancos mientras charlaban. En un rincón, con la cabeza enterrada entre los brazos, un marinero se extendía desgarbadamente sobre una mesa, y junto a la barra pintada con hortería que atravesaba todo un lateral se encontraban dos mujeres demacradas, burlándose de un viejo que se cepillaba las mangas del abrigo con expresión de repugnancia. > «Se cree que tiene hormigas rojas», se rio una de ellas, al pasar Dorian. El hombre la miró aterrorizado y comenzó a
Al fondo de la habitación había una pequeña escalera que conducía a una estancia oscura. Mientras Dorian subía apresuradamente sus tres peldaños destartalados, el pesado olor del opio salió a su encuentro. Exhaló un hondo suspiro y sus fosas nasales temblaron de placer. Al entrar, un joven de liso cabello rubio, que estaba inclinado sobre una lámpara encendiendo una pipa larga y delgada, levantó la vista hacia él y asintió con vacilación.
—¿Tú por aquí, Adrian? —murmuró Dorian.