Durante años, Dorian Gray no pudo librarse de la influencia de este libro. O tal vez sería más exacto decir que nunca trató de librarse de él.
Consiguió en París nada menos que nueve ejemplares en gran papel de la primera edición, y los mandó encuadernar en distintos colores, para que se adaptaran a sus diversos estados de ánimo y a los caprichos cambiantes de una naturaleza sobre la cual, a veces, parecía haber perdido casi por completo el control.
El héroe, aquel maravilloso joven parisino en quien los temperamentos romántico y científico se fundían de manera tan extraña, se convirtió para él en una especie de arquetipo premonitorio de sí mismo. Y, en verdad, el libro entero le parecía contener la historia de su propia vida, escrita antes de que la hubiera vivido.
En un punto fue más afortunado que el héroe fantástico de la novela. Nunca supo —ni tuvo, en verdad, jamás motivo alguno para saberlo— aquel temor un tanto grotesco a los espejos, a las superficies de metal pulido y al agua estancada que se apoderó del joven parisino tan temprano en su vida, y que fue causado por la repentina decadencia de una belleza que antaño, al parecer, había sido tan notable.
Era con una alegría casi cruel —y tal vez en casi toda alegría, como sin duda en todo placer, la crueldad tiene su lugar— con la que solía leer la última parte del libro, con su relato verdaderamente trágico, aunque un tanto recargado, del dolor y la desesperación de alguien que había perdido lo que en los demás, y en el mundo, más había valorado.
Porque la maravillosa belleza que tanto había fascinado a Basil Hallward, y a muchos otros además de él, parecía no abandonarlo nunca. Incluso