James Vane se quedó en la acera horrorizado. Temblaba de pies a cabeza.
Al cabo de un momento, una sombra negra que había estado arrastrándose a lo largo del muro chorreante salió a la luz y se le acercó con pasos sigilosos. Sintió que una mano se apoyaba en su brazo y se volvió con un sobresaltó. Era una de las mujeres que habían estado bebiendo en el bar.
—¿Por qué no lo mataste? —siseó ella, acercando su rostro demacrado al de él—. ¡Sabía que lo estabas siguiendo cuando saliste corriendo de lo de Daly! ¡Imbécil! Debiste matarlo. Tiene muchísimo dinero, y es más malo que la peste.
—No es el hombre que busco —respondió—, y no quiero el dinero de nadie. Quiero la vida de un hombre. El hombre cuya vida