para nuestro deleite, un mundo en el que las cosas tuvieran formas y colores frescos, y fueran diferentes, o guardaran otros secretos, un mundo en el que el pasado tuviera poco o ningún lugar, o sobreviviera, al menos, sin ninguna forma consciente de obligación o pesar, teniendo el recuerdo incluso de la alegría su amargura y los recuerdos del placer su dolor.
Era la creación de mundos como aquellos lo que le parecía a Dorian Gray el verdadero objeto, o uno de los verdaderos objetos, de la vida; y en su búsqueda de sensaciones que fueran a la vez nuevas y deleitosas, y poseyeran ese elemento de extrañeza tan esencial para el romance, solía adoptar ciertos modos de pensamiento que sabía que eran verdaderamente ajenos a su naturaleza, abandonarse a sus sutiles influencias y luego, tras haber, por decirlo así, captado su color y satisfecho su curiosidad intelectual, abandonarlos con esa extraña indiferencia que no es incompatible con un verdadero ardor de temperamento y que, de hecho, según ciertos psicólogos modernos, es a menudo una condición del mismo.
Corrió alguna vez el rumor de que estaba a punto de abrazar la fe católica romana, y es cierto que el ritual romano siempre ejerció una gran atracción sobre él. El sacrificio diario, verdaderamente más terrible que todos los sacrificios del mundo antiguo, lo conmovía tanto por su soberbia negativa a aceptar el testimonio de los sentidos como por la primitiva sencillez de sus elementos y el eterno patetismo de la tragedia humana que intentaba simbolizar. Le encantaba arrodillarse sobre el frío pavimento de mármol y contemplar al sacerdote, con su rígida dalmática recamada de flores, moviendo lenta y pulcramente el velo del sagrario, o alzando en alto la custodia enjoyada, en forma de linterna, con aquella pálida hostia que a