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nydus/The Picture of Dorian GrayPublic
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XI

El Rey de Ceilán cabalgaba por su ciudad con un gran rubí en la mano, como parte de la ceremonia de su coronación. Las puertas del palacio de Juan el Presbítero estaban «hechas de sarda, con el cuerno de la serpiente cornuda incrustado, de modo que ningún hombre pudiese introducir veneno». Sobre el frontón había «dos manzanas de oro, en las que había dos carbuncos», para que el oro brillase de día y los carbuncos de noche. En la extraña novela de Lodge A Margarite of America, se afirmaba que en la cámara de la reina se podían contemplar «todas las damas castas del mundo, cinceladas en plata, asomadas a hermosos espejos de crisolitos, carbuncos, zafiros y verdes esmeraldas». Marco Polo había visto a los habitantes de Zipangu colocar perlas de color rosa en la boca de los muertos. Un monstruo marino se había enamorado de la perla que el buzo llevó al rey Perozes, y había matado al ladrón, y llorado durante siete lunas su pérdida. Cuando los hunos atrajeron al rey a la gran fosa, él la arrojó —Procopio cuenta la historia—, y jamás volvió a ser encontrada, a pesar de que el emperador Anastasio ofreció quinientos quintales de piezas de oro por ella. El rey de Malabar le había mostrado a cierto veneciano un rosario

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