en hechos y circunstancias, sino tal como su imaginación se la había creado, tal como había estado en su cerebro y en sus pasiones. Sentía que los había conocido a todos, a aquellas extrañas y terribles figuras que habían cruzado el escenario del mundo y hecho del pecado algo tan maravilloso y del mal algo tan lleno de sutileza. Le parecía que, de algún modo misterioso, las vidas de ellos habían sido la suya propia.
El héroe de la maravillosa novela que tanto había influido en su vida había conocido él mismo esta caprichosa fantasía.
En el séptimo capítulo cuenta cómo, coronado de laurel para que el rayo no lo alcanzara, se había sentado, como Tiberio, en un jardín en Capri, leyendo los vergonzosos libros de Elefantina, mientras enanos y pavos reales se paseaban a su alrededor y el flautista se burlaba del sacristán; y cómo, como Caligula, había bebió con los jockeys de casaca verde en sus caballerizas y cenado en un pesebre de marfil con un caballo de frontalera enjoyada; y cómo, como Domiciano, había deambulado por un pasillo revestido de espejos de mármol, buscando con ojos demacrados el reflejo del puñal que iba a poner fin a sus días, harto de ese hastío, de ese terrible taedium vitae, que se apodera de aquellos a quienes la vida no niega nada; y había escudriñado a través de una esmeralda translúcida los rojos mataderos del circo y luego, en una litera de perlas y púrpura tirada por mulos de herraduras de plata, había sido llevado por la Calle de las Granadas hasta una Casa de Oro y había oído a los hombres vitorear a Nerón César a su paso; y cómo, como Heliogábalo, se había pintado el rostro con afeites, había manejado la rueca entre las mujeres y había traído la Luna desde Cartago para entregarla en místico matrimonio al Sol.
Una y otra vez solía Dorian leer este capítulo fantástico, y los dos capítulos inmediatamente siguientes, en los cuales, como en unos curiosos tapices o esmaltes primorosamente labrados, se retrataban las