—¿Juras esto?
—Lo juro —respondió su boca plana con un eco ronco—. Pero no me delates ante él —se quejó gimoteante—; le tengo miedo. Dame algo de dinero para pagar la posada de esta noche.
Se soltó de ella con una maldición y corrió hacia la esquina de la calle, pero Dorian Gray había desaparecido. Cuando miró hacia atrás, la mujer también se había esfumado.