—Y sin embargo —continuó Lord Henry con su voz baja y musical, y con ese gracioso ademán de la mano que siempre le había sido tan característico, y que ya tenía en sus días de Eton—, creo que si un hombre viviera su vida plena y completamente, si diera forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad a cada sueño…, creo que el mundo recibiría un impulso de alegría tan renovado que olvidaríamos todas las dolencias del medioevo y regresaríamos al ideal helénico; a algo acaso más bello y más rico que el ideal helénico.
Pero el más valiente de nosotros le teme a sí mismo.
La mutilación del salvaje tiene su trágica supervivencia en la abnegación que arruina nuestras vidas.
Somos castigados por nuestras negativas. Cada impulso que nos esforzamos por estrangular se ceba en la mente y nos envenena.
El cuerpo peca una vez y acaba con su pecado, pues la acción es un modo de purificación. No queda entonces más que el recuerdo de un placer, o el lujo de un remordimiento.
La única forma de librarse de una tentación es ceder ante ella. Resístela, y tu alma enfermará de anhelo por las cosas que se ha prohibido a sí misma, de deseo por aquello que sus monstruosas leyes han hecho monstruoso e ilegal. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar en el cerebro. Es en el cerebro, y solo en el cerebro, donde también tienen lugar los grandes pecados del mundo. Usted, señor Gray, usted mismo, con su juventud rojo rosa y su infancia blanco rosa, ha tenido pasiones que le han hecho temblar, pensamientos que le han llenado de terror, ensoñaciones y sueños de vigilia cuya mera memoria podría teñir su mejilla de vergüenza—
—¡Detente! —balbuceó Dorian Gray—; ¡detente! Me desconciertas. No sé qué decir. Hay alguna respuesta para ti, pero no logro encontrarla. No hables. Déjame pensar. O, más bien, déjame intentar no pensar.