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nydus/The Picture of Dorian GrayPublic
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VIII

Como recordaría a menudo después, y siempre con no poca extrañeza, se descubrió al principio contemplando el retrato con un sentimiento de interés casi científico. Que un cambio semejante hubiera tenido lugar le parecía increíble. Y, sin embargo, era un hecho. ¿Existía alguna sutil afinidad entre los átomos químicos que cobraban forma y color sobre el lienzo y el alma que llevaba dentro? ¿Podría ser que lo que aquella alma pensaba, ellos lo materializaban?, ¿que lo que soñaba, lo hacían realidad? ¿O había alguna otra razón, más terrible aún? Se estremeció, sintió miedo y, volviendo al sofá, se quedó allí tumbado, contemplando el cuadro con náuseas y horror.

Una cosa, sin embargo, sentía que aquello había hecho por él. Le había hecho consciente de cuán injusto, cuán cruel había sido con Sibyl Vane. No era demasiado tarde para enmendar aquello. Ella todavía podía ser su esposa.

Su amor irreal y egoísta cedería ante alguna influencia superior, se transformaría en alguna pasión más noble, y el retrato que Basil Hallward había pintado de él le serviría de guía a través de la vida, sería para él lo que la santidad es para algunos, y la conciencia para otros, y el temor de Dios para todos nosotros.

Había opiáceos para el remordimiento, drogas capaces de adormecer el sentido moral. Pero ahí había un símbolo visible de la degradación del pecado. Ahí había un signo siempre presente de la ruina que los hombres infligían a sus almas.

Dio las tres, y las cuatro, y la media hora resonó con su doble campanada, pero Dorian Gray no se movía. Intentaba recoger los hilos escarlata de la vida y tejerlos en un diseño; encontrar el camino a través del laberinto sanguíneo de la pasión por el que vagaba. No sabía qué hacer ni qué pensar. Por fin, se acercó a la mesa y le escribió una carta apasionada a la joven a la que había amado, implorando su perdón y acusándose a sí mismo de

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