Jim fruncía el ceño de vez en cuando al sorprender la mirada inquisitiva de algún desconocido. Tenía esa aversión a que lo quedasen mirando que les llega a los genios en la vejez y jamás abandona a los mediocres.
Sibyl, sin embargo, no era en absoluto consciente del efecto que estaba produciendo. Su amor temblaba en risas sobre sus labios. Estaba pensando en el Príncipe Encantador y, para poder pensar en él con más intensidad todavía, no hablaba de él, sino que parloteaba sobre el barco en el que Jim iba a zarpar, sobre el oro que sin duda encontraría, sobre la maravillosa heredera cuya vida habría de salvar de los malvados bandoleros de camisa roja.
Porque él no iba a seguir siendo marinero, ni sobrecargo, ni lo que fuera que iba a ser. ¡Ah, no!
¡La existencia de un marinero era espantosa! ¡Imagínate estar encerrado en un barco horrible, con las olas roncas y jorobadas tratando de entrar, y un viento negro derribando los mástiles y desgarrando las velas en largas y estridentes cintas!
Tenía que dejar el barco en Melbourne, despedirse educadamente del capitán e irse de inmediato a los yacimientos de auríferos.
Antes de que pasara una semana, se tropezaría con una gran pepita de oro puro, la pepita más grande que jamás se hubiera descubierto, y la llevaría a la costa en un carruaje custodiado por seis policías montados.
Los bandoleros de los bosques los atacarían tres veces y serían derrotados con una matanza inmensa.
O, no. No iba a ir a los campos auríferos en absoluto. Eran lugares espantosos, donde los hombres se emborrachaban, se disparaban unos a otros en las tabernas y decían groserías. Iba a ser un buen ovejero y una tarde, mientras regresaba a casa a caballo, vería a la hermosa heredera siendo secuestrada por un bandido en un