No; no había más cambios en el cuadro. Había recibido la noticia de la muerte de Sibyl Vane antes de que él mismo la supiera. Tenía conciencia de los acontecimientos de la vida a medida que estos ocurrían. La cruel maldad que afeaba las finas líneas de la boca había aparecido, sin duda, en el mismo momento en que la muchacha se había bebido el veneno, cualquiera que este fuese. ¿O acaso era indiferente a los resultados? ¿Se limitaba acaso a tomar nota de lo que sucedía en el interior del alma? Se lo preguntó, y albergó la esperanza de ver algún día el cambio producirse ante sus propios ojos, estremeciéndose al albergar tal esperanza.
¡Pobre Sibyl! ¡Qué romance había sido todo aquello! A menudo había simulado la muerte en el escenario. Entonces la Muerte en persona la había tocado y se la había llevado con él. ¿Cómo había interpretado esa terrible última escena? ¿Le había maldecido al morir? No; había muerto por amor a él, y a