recuerda, pero es muy amable de su parte fingir que sí. Bueno, pues lo hizo de la nada. Todos los buenos sombreros se hacen de la nada.
—Como todas las buenas reputaciones, Gladys —interrumpió Lord Henry—. Todo efecto que uno produce le crea a uno un enemigo. Para ser popular hay que ser un mediocres.
—Con las mujeres no —dijo la duquesa, negando con la cabeza—; y las mujeres mandan en el mundo. Le aseguro que no soportamos a las medianías. Nosotras, como alguien dice, amamos con los oídos, del mismo modo que ustedes los hombres aman con los ojos, si es que alguna vez llegan a amar.
—Me parece que nunca hacemos otra cosa —murmuró Dorian.
—¡Ah!, entonces usted nunca ama de verdad, señor Gray —respondió la duquesa con falsa tristeza.
—¡Mi querida Gladys! —exclamó Lord Henry—. ¿Cómo puedes decir eso? El romance vive de la repetición, y la repetición convierte un apetito en un arte. Además, cada vez que uno ama es la única vez que ha amado jamás. La diferencia de objeto no altera la unicidad de la pasión. Simplemente la intensifica. En la vida solo podemos tener, en el mejor de los casos, una gran experiencia, y el secreto de la vida es reproducir esa experiencia tantas veces como sea posible.
—¿Incluso cuando uno ha sido herido por ella, Harry? —preguntó la duquesa tras una pausa.
—Especialmente cuando uno ha sido herido por ella —respondió lord Henry.
La duquesa se volvió y miró a Dorian Gray con una expresión curiosa en los ojos. —¿Qué responde a eso, señor Gray? —preguntó.