“¡Curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma!”.
¡Cómo resonaban aquellas palabras en sus oídos! Su alma, desde luego, estaba enferma de muerte. ¿Era cierto que los sentidos podían curarla?
Se había derramado sangre inocente. ¿Qué podía expiar aquello?
¡Ah! Para eso no había expiación; pero aunque el perdón era imposible, el olvido aún era posible, y estaba decidido a olvidar, a borrar el asunto, a aplastarlo como se aplasta a la víbora que lo ha picado a uno.
En efecto, ¿qué derecho tenía Basil a hablarle como lo había hecho? ¿Quién le había dado el papel de juez sobre los demás? Había dicho cosas espantosas, horribles, intolerables.
El hansom avanzaba pesadamente, cada vez más despacio, según le parecía, a cada paso. Abrió la trampilla superior y le gritó al cochero que fuera más deprisa.
El odioso apetito por el opio comenzó a roerlo por dentro. La garganta le ardía y sus delicadas manos se entrelazaban con tics nerviosos. Golpeó al caballo frenéticamente con su bastón. El cochero se rio y fustigó al animal. Él le devolvió la risa, y el hombre guardó silencio.
El camino parecía interminable, y las calles como la red negra de alguna araña gigantesca. La monotonía se volvió insoportable y, a medida que la neblina se espesaba, sintió miedo.
Luego pasaron junto a unos solitarios tejares. La niebla era más ligera allí, y él pudo ver los extraños hornos en forma de botella con sus lenguas de fuego naranjas, parecidas a abanicos. Un perro ladró al pasar, y a lo lejos, en la oscuridad, chilló alguna gaviota errante. El caballo tropezó en una rodada, luego se apartó a un lado y rompió a galopar.