A las nueve de la mañana siguiente su criado entró con una taza de chocolate en una bandeja y abrió los dos hojas de la ventana.
Dorian dormía con absoluta tranquilidad, recostado sobre el lado derecho, con una mano bajo la mejilla. Parecía un muchacho agotado por el juego o por el estudio.
El hombre tuvo que tocarle dos veces en el hombro antes de que despertara, y al abrir los ojos una leve sonrisa cruzó por sus labios, como si se hubiera perdido en algún sueño apacible.
Sin embargo, no había soñado en absoluto. Su noche había transcurrido libre de cualquier imagen de placer o de dolor.
Pero la juventud sonríe sin motivo alguno. Es uno de sus principales encantos.
Se volvió y, apoyándose en el codo, comenzó a tomar su chocolate.
El suave sol de noviembre entraba a chorros en la habitación.
El cielo estaba brillante y había una calidez apacible en el aire.
Era casi como una mañana de mayo.
Gradualmente los acontecimientos de la noche anterior se deslizaron con pasos silenciosos y manchados de sangre en su cerebro y se reconstruyeron allí con terrible nitidez. Se estremeció ante el recuerdo de todo lo que había sufrido, y por un momento volvió a invadirlo aquel mismo curioso sentimiento de