Un sentimiento de dolor se apoderó de él al pensar en la profanación que le aguardaba al bello rostro del lienzo.
Una vez, en burlona imitación juvenil de Narciso, había besado, o fingido besar, aquellos labios pintados que ahora le sonreían con tanta crueldad. Mañana tras mañana se había sentado ante el retrato maravillándose de su belleza, casi enamorado de él, según le parecía a veces.
¿Iba a cambiar ahora con cada capricho al que se entregaba? ¿Iba a convertirse en algo monstruoso y aborrecible, que debían esconder en una habitación bajo llave, que debían apartar de la luz del sol que tantas veces había convertido en un oro más brillante la maravilla ondulante de sus cabellos?
¡Qué lástima! ¡Qué lástima!
Por un momento, pensó en suplicar que cesara la horrible simpatía que existía entre él y el cuadro. Había cambiado en respuesta a una súplica; tal vez en respuesta a una súplica pudiera permanecer inalterado. Y sin embargo, ¿quién, que supiera algo acerca de la vida, renunciaría a la oportunidad de mantenerse siempre joven, por fantástica que fuera esa oportunidad o con qué fatales consecuencias pudiera estar cargada? Además, ¿estaba realmente bajo su control? ¿Había sido en verdad la oración la que había producido la sustitución? ¿No podría haber alguna extraña razón científica para todo ello? Si el pensamiento podía ejercer su influencia sobre un organismo vivo, ¿no podría el pensamiento ejercer una influencia sobre las cosas muertas e inorgánicas? Es más, sin el