de encaje caían sobre las manos flacas y cetrinas, que iban tan recargadas de anillos. Había sido un macaroni del siglo dieciocho y, en su juventud, amigo de lord
¿Y qué hay del segundo lord Beckenham, el compañero del Príncipe Regente en sus días más salvajes y uno de los testigos en el matrimonio secreto con la señora Fitzherbert?
¡Qué orgulloso y apuesto era, con sus rizos castaños y su pose insolente! ¿Qué pasiones le había legado? El mundo lo había considerado infame. Había encabezado las orgías en Carlton House. La estrella de la Jarretera brillaba sobre su pecho.
Junto a él colgaba el retrato de su esposa, una mujer pálida y de labios finos vestida de negro. La sangre de ella también se agitaba en su interior.
¡Qué curioso parecía todo aquello! Y su madre, con su rostro de lady Hamilton y sus labios húmedos y manchados de vino; él sabía bien lo que había heredado de ella. De ella había recibido su hermosura y su pasión por la hermosura de los demás. Ella se reía de él con su holgado vestido de bacante. Llevaba hojas de parra en el pelo. El púrpura se derramaba de la copa que sostenía. Los claveles de la pintura se habían marchitado, pero los ojos seguían siendo maravillosos por la profundidad y brillantez de su color. Parecían seguirlo a dondequiera que iba.
Sin embargo, uno tenía antepasados en la literatura tanto como en su propia raza, más cercanos tal vez en tipo y temperamento, muchos de ellos, y ciertamente con una influencia de la que uno era más absolutamente consciente. Había momentos en que le parecía a Dorian Gray que la historia entera no era más que el registro de su propia vida, no tal como la había vivido