Tenía también casullas de seda color ámbar, de seda azul y brocado de oro, y damasco de seda amarilla y tela de oro, con figuras que representaban la Pasión y la Crucifixión de Cristo, y bordadas con leones y pavos reales y otros emblemas; dalmáticas de satén blanco y damasco de seda rosa, decoradas con tulipanes y delfines y flores de lis; frontales de altar de terciopelo carmesí y lino azul; y muchos corporales, sobrecalices y sudarios.
En las oficinas místicas a las que se destinaban tales cosas, había algo que aceleraba su imaginación.
Pues aquellos tesoros, y todo cuanto había reunido en su preciosa casa, habrían de ser para él medios de olvido, modos con los que podía escapar, por un tiempo, del miedo que a veces se le antojava casi imposible de soportar.
En las paredes de la solitaria habitación cerrada donde había pasado gran parte de su infancia, él mismo había colgado con sus propias manos el terrible retrato cuyos cambiantes rasgos le mostraban la verdadera degradación de su vida, y delante de este había colocado como cortina un paño de púrpura y oro.
Durante semanas no iba por allí, se olvidaba de la odiosa cosa pintada y recuperaba su ligereza de corazón, su maravillosa alegría, su apasionado fervor por la mera existencia. Entonces, de repente, alguna noche se escurría de la casa, bajaba a los horribles lugares cercanos a Blue Gate Fields y se quedaba allí, día tras día, hasta que lo expulsaban.
A su regreso se sentaba frente al cuadro, a veces aborreciéndolo a él y a sí mismo, pero lleno, en otras ocasiones, de ese orgullo de individualismo que es la mitad de la fascinación del pecado, y sonriendo con secreto placer ante la sombra deforme que tenía que soportar la carga que debió haber sido suya.