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nydus/The Picture of Dorian GrayPublic
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Capítulo X

Y mister Hubbard bajó pesadamente las escaleras, seguido por el ayudante, que miró hacia atrás a Dorian con una expresión de tímido asombro en su rostro tosco y poco agraciado. Nunca había visto a nadie tan maravilloso.

Cuando el eco de sus pasos se hubo apagado, Dorian cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo.

Se sentía a salvo ahora. Nadie contemplaría jamás aquella cosa horrible. Ningún ojo que no fuera el suyo vería jamás su vergüenza.

Al llegar a la biblioteca, descubrió que pasaban pocos minutos de las cinco y que ya habían subido el té. Sobre una mesita de oscura madera perfumada y densamente incrustada de nácar —un regalo de Lady Radley, la esposa de su tutor, una encantadora inválida profesional que había pasado el invierno anterior en El Cairo—, yacía una nota de Lord Henry, y a su lado, un libro encuadernado en papel amarillo, con la cubierta ligeramente rasgada y los bordes manchados. Un ejemplar de la tercera edición de The St. James’s Gazette había sido colocado sobre la bandeja del té. Era evidente que Víctor había regresado. Se preguntó si se habría cruzado con los hombres en el vestíbulo cuando salían de la casa y les habría sacado con tretas lo que habían estado haciendo. Seguro que echaría de menos el cuadro; no cabía duda de que ya lo había echado en falta mientras preparaba las cosas para el té. El biombo no había vuelto a colocarse en su sitio y se veía un espacio vacío en la pared. Tal vez alguna noche lo sorprendería subiendo a hurtadillas y tratando de forzar la puerta de la habitación. Era horrible tener un espía en casa. Había oído hablar de hombres ricos que habían sido chantajeados durante toda su vida por algún criado que había leído una carta, o escuchado una conversación, o recogido una tarjeta con una dirección, o encontrado debajo de una almohada una flor marchita o un jirón de encaje arrugado.

Ésuspiró y, habiéndose servido un poco de té, abrió la nota de Lord Henry.

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