now.” Then she paused. A rose shook in her blood and shadowed her cheeks. Quick breath parted the petals of her lips. They trembled. Some southern wind of passion swept over her and stirred the dainty folds of her dress. “I love him,” she said
«¡Niña tonta! ¡niña tonta!», fue la frase de papagayo que le lanzaron como respuesta. El movimiento de unos dedos torcidos y de falsa pedrería añadía grotesquedad a las palabras.
La niña volvió a reír. La alegría de un pájaro en jaula estaba en su voz. Sus ojos atraparon la melodía y la repitieron en un destello, para luego cerrarse un instante, como si quisieran ocultar su secreto. Cuando se abrieron, la neblina de un sueño los había cruzado.
La sabiduría de labios delgados le hablaba desde el sillón gastado, le sugería prudencia, citaba de aquel libro de cobardía cuyo autor imita el nombre del sentido común. Ella no escuchaba. Era libre en su prisión de pasión. Su príncipe, el Príncipe Azul, estaba con ella. Había recurrido a la memoria para rehacerlo. Había enviado a su alma en su busca, y esta se lo había devuelto. Su beso volvía a quemarle en la boca. Sus párpados se sentían tibios con el aliento de él.
Entonces la sabiduría alteró su método y habló de acecho y descubrimiento. Este joven podía ser rico. Si era así, se debía pensar en el matrimonio. Contra el caracol de su oreja rompían las olas de la astucia mundana. Las flechas de la maña le disparaban. Vio los delgados labios moviéndose, y sonrió.
De repente sintió la necesidad de hablar. El silencio prolijo la turbaba. > —Madre, madre —exclamó—, ¿por qué me quiere tanto? Sé por qué lo quiero yo. Lo quiero porque es tal