Al cabo de unos diez minutos se levantó y, echándose encima una vistosa bata de lana de cachemira bordada en seda, pasó al cuarto de baño de suelo de ónice.
El agua fresca lo despejó después de su largo sueño. Parecía haber olvidado todo lo que había pasado. Una vaga sensación de haber tomado parte en alguna extraña tragedia lo asaltó una o dos veces, pero tenía la irrealidad de un sueño.
Tan pronto como estuvo vestido, entró en la biblioteca y se sentó a un ligero desayuno francés que le habían servido en una mesita redonda cerca de la ventana abierta.
Hacía un día maravilloso. El aire cálido parecía cargado de especias. Una abeja entró volando y zumbó alrededor del cuenco de dragón azul que, lleno de rosas de color amarillo azufre, se alzaba ante él. Se sentía perfectamente feliz.
De repente, su mirada recayó en el biombo que había colocado delante del retrato, y se estremeció.
“¿Demasiado frío para el señor?”, preguntó su mayordomo, poniendo una tortilla sobre la mesa. “¿Cierro la ventana?”.
Dorian negó con la cabeza. “No tengo frío”, murmuró.
¿Era todo verdad? ¿Había cambiado realmente el retrato? ¿O había sido simplemente su propia imaginación la que le había hecho ver un atisbo de maldad donde antes había habido una expresión de alegría?
¿Acaso podía alterarse un lienzo pintado?
Aquello era absurdo. Serviría como anécdota para contarle a Basil algún día. Le haría sonreír.
Y, sin embargo, ¡qué vívido era su recuerdo de todo aquello!