Porque, si bien fascinaba a muchos, no eran pocos los que desconfiaban de él.
Poco faltó para que fuera vetado en un club del West End a cuya condición de miembro tenía derecho pleno por su cuna y posición social, y se contaba que, en cierta ocasión, cuando un amigo lo llevó al salón de fumadores del Churchill, el duque de Berwick y otro caballero se levantaron de forma ostensible y se fueron.
Curiosas historias empezaron a circular sobre él después de haber cumplido los veinticinco años. Se rumoreaba que lo habían visto peleándose con marineros extranjeros en un antro de mala muerte en los remotos confines de Whitechapel, y que se juntaba con ladrones y falsificadores, y conocía los misterios de su oficio.
Sus extraordinarias desapariciones se volvieron notorias y, cuando reaparecía en sociedad, los hombres se susurraban en los rincones, o pasaban junto a él con una mueca de desprecio, o lo miraban con ojos fríos y escrutadores, como si estuvieran decididos a descubrir su secreto.
De tales insolencias y aparentes desdenes él, por supuesto, no hacía caso, y en opinión de la mayoría su aire franco y jovial, su encantadora sonrisa aniñada y la gracia infinita de esa juventud maravillosa que parecía no abandonarlo nunca, constituían por sí mismos una respuesta suficiente a las calumnias —pues así las denominaban— que circulaban sobre él.
Se observó, sin embargo, que algunos de quienes habían sido sus amigos más íntimos parecían, al cabo de un tiempo, evitarlo. Mujeres que lo habían adorado con locura y que por su causa habían desafiado toda censura social y desafiado las convenciones, eran vistas palidecer de vergüenza o de horror si Dorian Gray entraba en la estancia.
Sin embargo, estos escándalos susurrados no hacían más que acrecentar, a los ojos de muchos, su extraño y peligroso encanto. Su gran fortuna