—Para mí no significa nada. No te necesito —dijo Campbell fríamente.
Dorian abrió la puerta de par en par. Al hacerlo, vio el rostro de su retrato que reía socarronamente a la luz del sol. En el suelo, frente a él, yacía la cortina desgarrada. Recordó que la noche anterior había olvidado, por primera vez en su vida, ocultar el lienzo fatal, y estuvo a punto de lanzarse hacia adelante, cuando retrocedió con un estremecimiento.
¿Qué era aquel rocío rojo y repugnante que brillaba, húmedo y reluciente, en una de las manos, como si el lienzo hubiera sudado sangre? ¡Qué horrible era!, más horrible, le pareció por un momento, que la cosa silenciosa que sabía que estaba extendida sobre la mesa, la cosa cuya sombra grotesca y deforme sobre la alfombra manchada le mostraba que no se había movido, sino que seguía allí, tal como la había dejado.
Dio un profundo suspiro, abrió la puerta un poco