veces, a uno le gustaría creer, es en verdad el panis caelestis, el pan de los ángeles, o bien, revestido con las prendas de la Pasión de Cristo, partiendo la Hostia sobre el cáliz y golpeándose el pecho por sus pecados. Los humeantes incensarios que los serios monaguillos, con sus encajes y roquetes escarlatas, lanzaban al aire como grandes flores doradas ejercían en él una sutil fascinación. Al salir, solía contemplar con asombro los oscuros confesonarios y deseaba sentarse en la penumbra de uno de ellos y escuchar a hombres y mujeres susurrando a través de la gastada rejilla la verdadera historia de sus vidas.
Pero nunca cayó en el error de detener su desarrollo intelectual mediante una aceptación formal de credo o sistema, ni de tomar por una casa en la que vivir una posada que solo es apta para la estancia de una noche, o de unas pocas horas de una noche en la que no hay estrellas y la luna está de parto.
El misticismo, con su maravilloso poder de volver extrañas para nosotros las cosas comunes, y el sutil antinomianismo que siempre parece acompañarlo, lo conmovió por un tiempo; y por un tiempo se inclinó hacia las doctrinas materialistas del movimiento Darwinismus en Alemania, y halló un curioso placer en rastrear los pensamientos y pasiones de los hombres hasta alguna célula perlada del cerebro, o algún nervio blanco del cuerpo, deleitándose en la concepción de la dependencia absoluta del espíritu respecto a ciertas condiciones físicas, mórbidas o sanas, normales o enfermas.
Sin embargo, como se ha dicho de él antes, ninguna teoría de la vida le parecía de importancia alguna en comparación con la vida misma. Se sentía agudamente consciente de lo estéril que es toda especulación intelectual cuando se separa de la acción y la experiencia. Sabía que los sentidos, ni más ni menos que el alma, tienen sus misterios espirituales que revelar.