¿Y por qué la mancha roja era más grande que antes? Parecía haberse extendido como una horrible enfermedad sobre los dedos arrugados. Había sangre en los pies pintados, como si la cosa hubiera goteado—sangre incluso en la mano que no había sostenido el cuchillo.
¿Confesar? ¿Significaba acaso que tenía que confesar? ¿Entregarse y ser condenado a muerte?
Se echó a reír. Sintió que la idea era monstruosa.
Además, aun si confesaba, ¿quién iba a creerle? No quedaba ni rastro del hombre asesinado en ninguna parte. Todo lo que le pertenecía había sido destruido. Él mismo había quemado lo que había estado en el piso inferior.
El mundo simplemente diría que estaba loco. Lo encierrarían si insistía en su historia. …
Sin embargo, era su deber confesar, sufrir la vergüenza pública y hacer una expiación pública. Había un Dios que exigía a los hombres que confesaran sus pecados tanto a la tierra como al cielo. Nada de lo que pudiera hacer lo purificaría hasta que hubiera revelado su propio pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallward le parecía muy poca cosa. Estaba pensando en Hetty Merton. Pues era un espejo injusto, aquel espejo de su alma que estaba contemplando. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿No había habido nada más que eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos eso creía. Pero ¿quién podía saberlo? …
No. No había habido nada más.
Por vanidad la había perdonado. Por hipocresía se había puesto la máscara de la bondad. Por pura curiosidad había intentado la abnegación.
Ahora lo reconocía.