decía, y alguien que había estafado a su padre a los dados al jugarse con él su propia alma; Giambattista Cibo, que por burla adoptó el nombre de Inocente y en cuyas venas torpes fue infundida la sangre de tres muchachos por un médico judío; Sigismondo Malatesta, el amante de Isotta y señor de Rímini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de Dios y de los hombres, que estranguló a Políxena con una servilleta y dio veneno a Ginevra d’Este en una copa de esmeralda, y en honor de una pasión vergonzosa edificó una iglesia pagana para el culto cristiano; Carlos VI, que había adorado tan locamente a la mujer de su hermano que un leproso le había advertido de la locura que se le venía encima, y que, cuando su cerebro enfermó y se volvió extraño, solo podía ser calmado por naipes sarracenos pintados con las imágenes del amor, la muerte y la locura;
y, en su coleto recortado, su gorro enjoyado y sus rizos en forma de acanto, Grifonetto Baglioni, que dio muerte a Astorre junto con su esposa, y a Simonetto junto con su paje, y cuya belleza era tal que, al yacer moribundo en la amarilla plaza de Perugia, quienes lo habían odiado no pudieron evitar llorar, y Atalanta, que lo había maldecido, lo bendijo.