Tras un tiempo dejaron el camino de tierra y volvieron a traquetear sobre calles de adoquines ásperos.
La mayoría de las ventanas estaban a oscuras, pero de vez en cuando sombras fantásticas se recortaban contra alguna persiana iluminada por una lámpara. Él las miraba con curiosidad. Se movían como marionetas monstruosas y hacían gestos como seres vivos.
Las aborrecía. Una rabia sorda habitaba en su corazón.
Al doblar una esquina, una mujer les gritó algo desde una puerta abierta, y dos hombres corrieron tras el hansom durante unas cien yardas. El cochero los azotó con su látigo.
Se dice que la pasión hace que uno piense en círculos. Ciertamente, con horrenda reiteración, los labios mordidos de Dorian Gray formaban y reformaban aquellas sutiles palabras que trataban sobre el alma y los sentidos, hasta hallar en ellas la expresión plena, por decirlo así, de su estado de ánimo, y justificar, mediante la aprobación intelectual, unas pasiones que, sin tal justificación, habrían seguido dominando su temperamento.
De celda en celda de su cerebro se arrastró el único pensamiento; y el deseo salvaje de vivir, el más terrible de todos los apetitos humanos, aceleró hasta darles fuerza a cada nervio y fibra temblorosos.
La fealdad que antes le había resultado aborrecible porque hacía las cosas reales, se le volvió entrañable ahora por esa misma razón. La fealdad era la única realidad. La pelea vulgar, el antro repugnante, la cruda violencia de una vida desordenada, la vileza misma del ladrón y del paria, eran más vívidas, en su intensa actualidad de impresión, que todas las formas graciosas del arte, que las sombras ensoñadoras de la poesía.
Eran lo que necesitaba para el olvido. En tres días sería libre.