las pocas tribus salvajes que han sobrevivido al contacto con las civilizaciones occidentales, y le encantaba tocarlos y probarlos. Poseía el misterioso juruparis de los indios del Río Negro, que a las mujeres no se les permite mirar y que ni siquiera los jóvenes pueden ver hasta que han sido sometidos a ayunos y flagelaciones, y las jarras de barro de los peruanos que emiten los agudos gritos de los pájaros, y flautas de huesos humanos como las que oyó Alfonso de Ovalle en Chile, y los sonoros jaspes verdes que se hallan cerca de Cuzco y despiden una nota de singular dulzura. Tenía calabazas pintadas llenas de guijarros que sonaban al ser agitadas; el largo clarín de los mexicanos, en el cual el ejecutante no sopla, sino a través del cual inhala el aire; la áspera turé de las tribus del Amazonas, que hacen sonar los centinelas que se sientan todo el día en los árboles altos y cuyo sonido puede oírse, según se dice, a una distancia de tres leguas; el teponaztli, que tiene dos lengüetas de madera vibrantes y se golpea con baquetas untadas con una goma elástica obtenida del jugo lechoso de las plantas; los cascabeles-yotl de los aztecas, que cuelgan en racimos como uvas; y un enorme tambor cilíndrico, revestido con pieles de grandes serpientes, como aquel que vio Bernal Díaz cuando fue con Cortés al templo mexicano, y de cuyo fúnebre sonido nos ha dejado una descripción tan vívida.
El carácter fantástico de estos instrumentos le fascinaba, y experimentaba una curiosa delicia al pensar que el arte, al igual que la naturaleza, tiene sus monstruos, seres de formas bestiales y voces horribles.
Sin embargo, al cabo de algún tiempo, se cansaba de ellos, y se sentaba en su palco de la ópera, ya fuera solo o con Lord Henry, escuchando con arrobado placer Tannhäuser y viendo en el preludio de aquella gran obra de arte la representación de la tragedia de su propia alma.
En cierta ocasión emprendió el estudio de las joyas, y se presentó en un baile de disfraces como Anne de Joyeuse, almirante de Francia, con un vestido cubierto de quinientas sesenta perlas. Esta afición lo cautivó