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nydus/The Picture of Dorian GrayPublic
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XIV

repugnancia hacia Basil Hallward que le había llevado a matarlo mientras estaba sentado en el sillón, y se quedó helado de pasión. El muerto seguía sentado allí también, y a la luz del sol ahora. ¡Qué horrible era aquello! Cosas tan espantosas eran para la oscuridad, no para el día.

Sentía que, si se abismaba en lo que había pasado, enfermaría o enloquecería.

Había pecados cuya fascinación residía más en el recuerdo que en el hecho de cometerlos, extraños triunfos que halagaban el orgullo más que las pasiones y daban al intelecto una ávida sensación de alegría, mayor que cualquier alegría que aportaran, o pudieran aportar jamás, a los sentidos.

Pero este no era uno de ellos. Era algo que debía ser expulsado de la mente, adormecido con adormideras, estrangulado para que no lo estrangulase a uno mismo.

Cuando sonó la media hora, se pasó la mano por la frente, y luego se levantó apresuradamente y se vistió con un esmero aún mayor que el habitual, prestando mucha atención a la elección de la corbata y del alfiler, y cambiándose los anillos más de una vez.

Pasó también un buen rato en el desayuno, probando los diversos platos, hablando con su ayuda de cámara sobre unas nuevas livreas que pensaba mandar hacer para los criados en Selby, y revisando su correspondencia.

Ante algunas de las cartas, sonrió. Tres de ellas le aburrieron. Una la leyó varias veces y luego la rompió con una ligera expresión de fastidio en el rostro.

«¡Esa cosa terrible, la memoria de una mujer!», como lord Henry había dicho una vez.

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