grande y bien proporcionada, que había sido construida especialmente por el difunto Lord Kelso para uso del pequeño nieto a quien, por su extraño parecido con su madre, y también por otras razones, siempre había odiado y querido mantener a distancia. A Dorian le pareció que había cambiado muy poco. Ahí estaba el enorme cassone italiano, con sus paneles de pintura fantástica y sus molduras de dorado deslucido, en el que tantas veces se había escondido de muchacho. Allí, la librería de madera de satén llena de sus libros escolares de esquinas dobladas. En la pared detrás de ella colgaba el mismo tapiz flamenco gastado donde un rey y una reina marchitos jugaban al ajedrez en un jardín, mientras una compañía de halconeros pasaba a caballo, llevando aves encapuchadas en sus muñecas guantadas. ¡Cómo lo recordaba todo! Cada momento de su solitaria infancia regresó a él mientras miraba a su alrededor. Recordó la inmaculada pureza de su vida de muchacho, y le pareció horrible que fuera allí donde iba a esconderse el retrato fatal. ¡Qué poco había pensado, en aquellos días muertos, en todo lo que le aguardaba!
Pero no había en toda la casa otro lugar tan a salvo de las miradas indiscretas como aquel. Él tenía la llave, y nadie más podía entrar. Bajo su lúgubre velo purpúreo, el rostro pintado en el lienzo podía volverse bestial, empapado en vicios e impuro. ¿Qué más daba? Nadie podía verlo. Él mismo no lo vería. ¿Por qué iba a contemplar la horrible corrupción de su alma? Conservaba su juventud; eso era suficiente. Y, además, ¿acaso su naturaleza no podría refinarse, después de todo? No había razón para que el porvenir estuviera tan lleno de ignominia. Algún amor podría cruzarse en su vida, purificarlo y escudarlo de aquellos pecados que ya parecían agitarse en su espíritu y en su carne, aquellos curiosos pecados sin imagen cuya misma misteriosidad les otorgaba su sutileza y su encanto. Tal vez, algún día, la expresión cruel se hubiera borrado de los labios escarlatas y sensibles, y él pudiera mostrar al mundo la obra maestra de Basil Hallward.
No; aquello era imposible.