Leyó acerca de las golondrinas que entran y salen del pequeño café de Esmirna donde los Hadjis se sientan a contar sus cuentas de ámbar y los mercaderes con turbante fuman sus largas pipas con borlas y conversan con gravedad unos con otros; leyó acerca del Obelisco de la Plaza de la Concordia que derrama lágrimas de granito en su solitario exilio sin sol y añora estar de nuevo junto al cálido Nilo cubierto de loto, donde hay esfinges, ibises rojo-rosa, buitres blancos de garras doradas y cocodrilos con pequeños ojos de berilo que se arrastran sobre el fango verde y humeante; comenzó a meditar en aquellos versos que, extrayendo música del mármol manchado de besos, hablan de aquella curiosa estatua que Gautier compara con una voz de contralto, el «monstre charmant» que yace en la sala de pórfido del Louvre. Pero al cabo de un tiempo el libro se le cayó de las manos. Se puso nervioso y un horrible acceso de terror se apoderó de él. ¿Y si Alan Campbell estuviera fuera de Inglaterra? Pasarían días antes de que pudiera regresar. Tal vez se negara a venir. ¿Qué podría hacer entonces? Cada momento era de vital importancia.
Habían sido grandes amigos cinco años atrás, casi inseparables, en realidad. Luego, la intimidad había llegado a su fin de manera repentina. Cuando se encontraban ahora en sociedad, solo Dorian Gray sonreía: Alan Campbell jamás lo hacía.
Era un joven extremadamente inteligente, aunque no poseía un verdadero sentido estético de las artes visuales, y cualquier pequeño atisbo de apreciación por la belleza de la poesía que tuviera lo había adquirido enteramente de Dorian. Su pasión intelectual dominante era la ciencia. En Cambridge había pasado gran parte de su tiempo trabajando en el laboratorio y había obtenido una buena calificación en los Tripos de Ciencias Naturales de su promoción.