Cuando su criado entró, lo miró fijamente y se preguntó si habría pensado en mirar detrás del biombo. El hombre se mostraba completamente impasible y aguardaba sus órdenes.
Dorian encendió un cigarrillo, se acercó al espejo y echó un vistazo en él. Podía ver el reflejo del rostro de Victor a la perfección. Era como una máscara plácida de servilismo. No había nada que temer en aquello. Aun así, creyó que era mejor mantenerse en guardia.
Hablando muy despacio, le mandó que le dijese a la ama de llaves que quería verla, y que luego fuese a ver al enmarcador para pedirle que enviase a dos de sus hombres de inmediato. Le pareció que, al salir el hombre de la habitación, sus ojos vagaron en dirección al biombo. ¿O era eso meramente una ocurrencia suya?
Alos pocos momentos, con su vestido de seda negra y antiguos mitones de hilo en sus arrugadas manos, la señora Leaf entró presurosa en la biblioteca.
Él le pidió la llave del aula.
—¿El viejo estudio, señor Dorian? —exclamó—. ¡Pero si está lleno de polvo! Debo ordenarlo y arreglarlo antes de que entre usted en él. No es apto para que lo vea, señor. No lo es, en verdad.
“No quiero que lo arregles, Leaf. Solo quiero la llave”.
—Vaya, señor, se va a llenar de telarañas si entra. ¡Si no se ha abierto en casi cinco años!, desde que murió su señoría.
Se encogió ante la mención de su abuelo. Guardaba de él recuerdos detestables.