Por fin se levantó y empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación, pareciendo una hermosa fiera enjaulada. Daba pasos largos y sigilosos. Sus manos estaban extrañamente frías.
El suspense se volvió insoportable. El tiempo le pareció avanzar con pies de plomo, mientras él, arrastrado por vientos monstruosos, era conducido hacia el borde afilado de alguna negra hendidura de abismo.
Sabía lo que le aguardaba allí; lo veía, en efecto, y, estremecido, se oprimía los párpados arDIENTES con las manos húmedas, como si quisiera robarle a la propia mente la vista y empujar los globos oculares de vuelta a su caverna.
Fue inútil. El cerebro tenía su propio alimento del que se nutría, y la imaginación, convertida en grotesca por el terror, retorcida y deformada como un ser vivo por el dolor, danzaba como una repugnante marioneta sobre un pedestal y sonreía a través de máscaras móviles.
Entonces, de repente, el tiempo se detuvo para él. Sí: aquella cosa ciega y de respiración lenta dejó de arrastrarse, y los pensamientos horribles, al haber muerto el tiempo, corrieron ágiles por delante, sacaron de su tumba un futuro hediondo y se lo mostraron. Se quedó mirándolo fijamente. Su mismo horror lo convirtió en piedra.
Al fin se abrió la puerta y entró su criado. Él le dirigió una mirada vidriosa.
—Señor Campbell, señor —dijo el hombre.
Un suspiro de alivio se escapó de sus labios resecos, y el color volvió a sus mejillas.
—Dile que entre en seguida, Francis.
Sintió que volvía a ser él mismo. Su estado de cobardía había pasado.