caballo negro, la perseguiría y la rescataría. Por supuesto, ella se enamoraría de él, y él de ella, y se casarían, y volverían a casa, y vivirían en una mansión inmensa en Londres. Sí, le aguardaban cosas maravillosas.
Pero él tenía que ser muy bueno, y no perder los estribos, ni gastar su dinero insensatamente.
Ella era apenas un año mayor que él, pero sabía mucho más de la vida.
También debía asegurarse de escribirle en cada correo, y de rezar sus oraciones cada noche antes de irse a dormir. Dios era muy bueno, y velaría por él.
Ella también rezaría por él, y en pocos años él regresaría bastante rico y feliz.
El muchacho la escuchó de mal humor y no respondió. Tenía el corazón destrozado por tener que dejar su hogar.
Sin embargo, no era solo esto lo que lo hacía sombrío y melancólico. Inexperto como era, conservaba no obstante un fuerte sentido del peligro en la situación de Sibyl.
Este joven petimetre que la cortejaba no podía traerle nada bueno. Era un caballero, y él lo aborrecía por ello, lo aborrecía por algún curioso instinto de raza que no alcanzaba a explicar, y que por esa misma razón dominaba con más fuerza en su interior.
Era consciente también de la superficialidad y la vanidad de la naturaleza de su madre, y veía en ello un peligro infinito para Sibyl y para la felicidad de Sibyl.
Los niños empiezan amando a sus padres; a medida que crecen, los juzgan; a veces, los perdonan.