—Me pregunto si será realmente así, Harry —dijo Dorian Gray, echándose un poco de perfume en el pañuelo desde un gran frasco con tapón de oro que había sobre la mesa—. Debe de serlo, si tú lo dices. Y ahora me marcho. Imogen me está esperando. No te olvides de lo de mañana. Adiós.
Al salir de la habitación, los pesados párpados de Lord Henry se entrecerraron y se puso a pensar.
Ciertamente, pocas personas le habían interesado jamás tanto como Dorian Gray, y sin embargo la loca adoración del muchacho por otra persona no le causaba ni la más mínima punzada de molestia o celos.
- Eso le complacía.
- Lo convertía en un objeto de estudio más interesante.
Él siempre se había sentido cautivado por los métodos de las ciencias naturales, pero el objeto de estudio ordinario de esa ciencia le había parecido trivial y carente de importancia. Y así había comenzado por viviseccionarse a sí mismo, como había terminado por viviseccionar a los demás. La vida humana: aquello le parecía la única cosa digna de ser investigada. Comparado con ella, no había nada más que tuviera valor alguno.
Era verdad que, al contemplar la vida en su curioso crisol de dolor y placer, uno no podía llevar en el rostro una máscara de vidrio, ni evitar que los humos sulfurosos turbaran el cerebro y nublaran la imaginación con fantasías monstruosas y sueños deformes.
Había venenos tan sutiles que, para conocer sus propiedades, uno tenía que enfermar a causa de ellos. Había dolencias tan extrañas que uno tenía que atravesarlas si buscaba comprender su naturaleza.