Los creadores de fuego
El cachorro dio con él de repente. Fue culpa suya. Había estado descuidado. Había salido de la cueva y corrido hacia el arroyo para beber.
Podría ser que no hubiera prestado atención por estar cargado de sueño. (Había estado toda la noche siguiendo el rastro de la carne y acababa de despertarse). Y su descuido tal vez se debiera a la familiaridad del sendero que llevaba al pozo. Lo había recorrido a menudo y nunca le había pasado nada en él.
Bajó pasando junto al pino rajado por el rayo, cruzó el espacio abierto y trotó internándose entre los árboles.
Entonces, al mismo instante, vio y oyó el olor. Delante de él, sentados silenciosamente sobre sus cuartos traseros, había cinco seres vivos, como nunca antes había visto. Era su primer vistazo a la humanidad.
Pero ante su presencia, los cinco hombres no se pusieron en pie de un salto, ni mostraron los dientes, ni gruñeron. No se movieron, sino que se quedaron allí sentados, silenciosos y amenazantes.
Tampoco el cachorro se movió. Todos los instintos de su naturaleza lo habrían empujado a huir disparado, de no haber surgido repentinamente en él, y por primera vez, otro instinto contrario. Un gran temor se abatió sobre él. Su inmensa sensación de debilidad y pequeñez lo abatió hasta dejarlo inmóvil. Aquello era el dominio y el poder, algo muy por encima de su alcance.
El cachorro nunca había visto al hombre, pero el instinto referente al hombre era suyo. De manera vaga reconocía en el hombre al animal que